lunes, 16 de julio de 2012

Orestes, el gigante.

En el valle de un país lejano sentado estaba un gigante bajo la noche. Las estrellas, su cobijo. El canto de los grillos, su cálido arrullo.
Era un robusto hombre de rasgos helénicos y proporciones colosales. Y a pesar de ser de tamaño desmesurado tenía un cálido corazón latiendo en su interior. Y entonces, el valle se regó con sus lágrimas.
Los gigantes son seres dóciles, que aman y respetan lo que es dado por la gracia de los dioses. Y este, de nombre Orestes, no era la excepción.
Cada día se levantaba cuando la luz solar alumbraba el valle, salía de su casa que tenía lugar en una vieja cantera y alimentaba a su rebaño compuesto por corderos tan blancos como las nubes, ágiles cabras y caballos que parecían regalo divino.
Para una criatura tan apacible, observar a su grey le llenaba de un dulce regocijo. Siempre dormía sabiendo que al día siguiente ahí estaría su amado rebaño.
Ni las bestias se atrevían a actuar en contra de sus criaturas sabiendo que estaban bajo su posesión. Pero tuvo que ser el hombre quien con tal de saciar la gula y en ansias, celebró un vano festín profanando lo que no le pertenecía.
Al percatarse de lo que había sucedido, Orestes se encolerizó y acabó con todos los habitantes del pueblo en dura venganza, cobrando sangre por sangre.
Esa misma noche, el dios de las bestias se le apareció para anunciarle que no debía haber cobrado justicia por su mano, y debido a sus acciones el sueño le sería arrebatado hasta el final de sus días.
Desde ese entonces, al final de cada día, el valle es regado con lágrimas...

viernes, 18 de mayo de 2012

Cristo tuerto, Cristo ciego.

En esta tarde subirás lo más alto del cerro, portando una corona de espinas donde cada herida que aflige derrama una gota de esperanza y fervor.
Pesa menos ser ciego que ser tuerto.
Derramas lágrimas de fuego en la oscuridad.

Tu fé, traicionada.
Procesión de rodillas que dirige a donde hiere más la pena que la herida.

jueves, 17 de mayo de 2012

Descripción en un diecisiete de mayo.

En la cabeza yace el sagrado recinto de los pensamientos: la mente. Templo corrupto y deteriorado del ser.
Está adornada con pasillos para la exploración de ideas y recuerdos como si fueran las memorias una galería de arte decadente, donde el público es representado por un rostro que produce una mueca como si le dieran suaves bofetadas.

Mantienes la boca y los ojos cerrados para no decir. Mantienes tu corazón cerrado para no sentir.

Frunce el ceño y permanece inmóvil. El cuerpo es un cacharro minúsculo y contraido como la figura de un animal cuadrúpedo en posición defensiva.

Liberas descargas eléctricas del interior de tu espina dorsal al contorsionarte con violencia.